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The Terminal, Japanese-Mexican style

 

aeropuerto

Hiroshi Nohara, at the Mexico City Airport. Photo: EFE

 

A story in Reforma on Nov. 15 is similar to Tom Hank´s movie “The Terminal” about an immigrant who finds himself stranded at JFK airport, and must take up temporary residence there. The story in Reforma is about a Japanese immigrant presently making Mexico City´s International Airport Terminal his home.

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Acumula Hiroshi 70 días viviendo en el Aeropuerto; sólo fue al estadio Azteca

Leslie Gómez y Alicia Kobayashi

Ciudad de México  (15 de noviembre de 2008).- Ni las calles de Tokio ni las del Distrito Federal. El japonés Hiroshi Nohara optó por quedarse a vivir en una silla y una mesa del comedor de la Terminal 1 en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (AICM). De momento es el sitio donde dice sentirse más tranquilo y seguro.

La presencia de los policías federales no lo intimida, por el contrario, fue uno de los principales motivos para quedarse.

Incrédulo, entre risas, relata que los agentes le sonríen y le hacen bromas. Le sorprende porque cuenta que en Estados Unidos los policías lo maltrataron, aquí hasta cree que ya son sus amigos.

Lo mismo dice de los agentes migratorios, que le hacen preguntas y lo dejan irse tranquilamente.

Además, le hace gracia que para todos él sea “un chinito” sólo porque tiene los ojos rasgados y a pesar de que, a sus 40 años y como señal de identidad, optó por teñirse el cabello de rojo, algo que por tradición no harían los chinos ni coreanos.

Hiroshi sonríe y relaja su conversación sólo hasta que fue entrevistado por REFORMA en japonés, porque ni en inglés ni en el escaso español que habla se abría a contar de su vida o a explicar por qué está ahí, en el comedor público del Aeropuerto, desde hace ya 72 días.

Dice que llegó al país el 2 de septiembre, de paso rumbo a Brasil, a donde no pudo viajar porque perdió su documentación.

Las autoridades migratorias ya lo han interrogado dos veces, él afirma que la Embajada de Japón en México le ayudó a regularizar su situación y que decidió quedarse en el AICM por considerarlo un lugar “seguro”.

Desde entonces vive y duerme ahí, en el área de comida internacional. Se lava en los baños. Por la mañana se compra un café y entre las miradas del personal de limpieza se sienta a tomarlo en el comedor, luego revisa una bolsa de Zara en la que carga un suéter, una camiseta y unos zapatos.

Por la tarde se da una vuelta por la zona comercial de acceso de pasajeros del área internacional, mira los aparadores de artesanías mexicanas, entra a los sanitarios y regresa a sentarse por varias horas en el comedor. Luego se compra una hamburguesa se la come y se queda dormido.

Algunas veces los trabajadores del AICM le llevan comida, pero el dice que prefiere las hamburguesas porque esas no le hacen daño, aunque siempre les quita el chile, el pepinillo y la cebolla.

Tiene ojeras, la barba crecida, su cabello rojo ha comenzado a desteñirse, viste una chamarra de marca kappa ennegrecida de mugre, un pantalón de mezclilla sucio y roto de la rodilla izquierda y unos tenis nike blancos con morado y amarillo.

Cuenta que sólo una ocasión se atrevió a salir del Aeropuerto y fue para conocer el Estadio Azteca.

Se fue en metro, pero luego padeció para regresar a la terminal aérea, pues no habla mucho español.

No obstante dice que la gente fue muy amable al indicarle cómo llegar.

Ahora, Hiroshi confiesa que ya no tiene apuro por regresar a Japón, porque la gente de México ha sido muy amable a pesar de su aspecto.

Afirma que tiene un boleto de regreso a Japón vía San Francisco, aunque se niega a mostrarlo.

Dice que le queda un poco de dinero, pero que no quiere llamar a su familia. No tiene esposa ni hijos, en Tokio, su ciudad natal, vive su mamá, pero no la llama porque no quiere que se preocupe.

Tampoco tiene apuro de regresar porque no tiene trabajo fijo, siempre toma chambitas temporales y con eso le ha alcanzado para conocer Estados Unidos, Argentina y ahora México, la terminal aérea de México.

Consultadas al respecto, autoridades migratorias en el AICM dijeron que, debido a que su estancia en el País no es irregular, no pueden regresarlo a Japón ni llevarlo a la Embajada.

Por eso ahí se queda, en una mesa donde todos los días deja su charola de comida encima para evitar que los policías lo molesten.

Luego se pone a dormitar con la cabeza sobre la mesa o con los ojos cerrados y cabeceando, se convierte en una imagen fija del paisaje, del ir y venir de pasajeros.

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